Cuando un cuento se transforma en hit

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Todos los cuenteros tenemos un hit.

Un caballito de batalla. Un clásico. Un “Música ligera” o “No me arrepiento de este amor“. Todos y todas. Ese cuento que nos salva y nos ampara ante un público difícil. Esa historia que nos saca campeones y vuelve loca a nuestra hinchada. “¡Contate el de Don Frasquito!…¡Contate el de la piscina!… ¡Contate el de la Yoli!!!” piden a los gritos miles y miles de fans… (bueno, casi). Aunque preguntemos “¿no quieren escuchar éste nuevo que aprendí?“, asegurando que será un exitazo… No. La gente ama los hit’s. Y todo cuentero tiene uno.

Al contrario de lo que algunos piensan o creen, es totalmente posible disfrutar escuchando varias veces el mismo cuento-hit. Sería importante definir con más precisión un cuento-hit, para no andar suponiendo que puede ser cualquier éxito efímero de festival:

 Entonces, un cuento que tiene tal nivel de aceptación es un cuento digno de contar (me arriesgo) por siempre. Por más que pasen los años, por más cansada que se torne la voz, por más crocantes que se vuelvan las articulaciones, no deberíamos abandonar/olvidar/desmerecer nuestro cuento-hit. A menos que deje de serlo, claro está. ¿Acaso al mundo se le ocurriría dejar de escuchar “Amigos” de vez en cuando? (Gracias Cori!).

Por eso no hay que tener miedo de contarlo y contarlo y contarlo. Lo importante es creer en él y entender su proceso de crecimiento. Porque esa es otra característica del cuento-hit: crece y nos hace crecer. Es como si se encarnara en uno, como si madurara a la vez que madura el cuerpo, las ideas, la personalidad. Puede que nos canse en algún momento, y está bien. Yo me canso a veces de tener rulos, o de mi afán por hacer mil cosas y terminar tres. Pero son atributos que me hacen ser quien soy; asimismo el cuento pasa a integrar mi persona como un atributo.

 Para ejemplificar un poco, les quiero contar acerca de mi cuento-hit: “El mono y el león“, y cómo fue el proceso de crecimiento desde el primer día en que lo conté hasta hoy.
Fue amor a primera vista. Estábamos en el Centro Cultural Graciela Carena, contando cuentos a los niños en unas meriendas de vacaciones de invierno. Hacía falta un cuento corto y yo con terror desesperaba en mi cabeza pensando qué hacer: era el año 2011 y todavía mi repertorio no era de preciar. Entonces encontré éste cuento en un libro de Gustavo Roldán, que hacía poco tenía y aún no había terminado de leer. Le pegué dos leídas rápidas, memoricé algunas secuencias y salí al ruedo. La historia que conté fue fiel a la original, que decía así:

“Cuentos que cuentan los indios”, Gustavo Roldán, Ed. Alfaguara

La narración salió bastante bien y así lo seguí contando en un principio. Sin embargo, comencé a recibir muchos comentarios acerca del mensaje que estaba transmitiendo: alguien realiza una burla, mata al burlado y además escapa para seguir haciendo de las suyas. Entonces resolví que el tigre podía sacar una aguja, coserse la panza y perseguir al mono otra vez. Pero este final me parecía vacío, no le daba al cuento ninguna emoción y además, suavizaba sin sentido la versión original.

 Hasta que un maravilloso día, mientras le contaba este cuento a un grupo de niños en la localidad de Porteña, al momento de la frase: En ese momento se acordó (el mono) que atrás…, uno de los chicos no me dejó terminar y la completó con un: “¡salió por el culo!”.

¡La solución era perfecta! Así que en ese momento improvisé lo que hoy se puede escuchar cada vez que lo cuento: el mono comienza a soplar en la panza del león (que dejó de ser tigre) y es expulsado con un pedo del felino.

 

A partir de ese momento “El mono y el león” comenzó su carrera de hit.

Lo he contado a chicos de jardín, primaria, secundaria, en profesorados, en funciones nocturnas en bares; para seis personas en una escuelita rural y para seis mil personas en un festejo del día del niño de UNICEF. Es un cuento que aprendí a contar porque él aprendió a contarme. Soy totalmente yo cuando cuento esa historia. Y funciona. Porque aprendí que disfruto contándola y que la gente disfruta escuchándola (aunque la haya escuchado antes).

Y esto no tiene nada que ver con la vanidad o lo humos en la cabeza. Una vez tuve que contarlo tres veces para unos chicos en la plaza de un barrio… ¡para los mismos chicos! Después me enteré que anduvieron contándolo en sus casas, en la escuela. El cuento-hit tiene esa magia y no hay que temer en reconocerla, quererla y disfrutarla.

Y si crees que no tenés todavía un cuento así,no te preocupes: pensá cuál es que cuento que más querés, el que mejor te sale, el que sabés de cabo a rabo con los ojos cerrados, el que encontraste y te encontró… ése mismo, CONTALO. Contalo, contalo y contalo todas las veces que puedas, a quien sea. No te ates al texto, hacé que respire, entregalo con amor y seguridad. Y vas a ver cómo empieza a volar.

 Entonces… ¿cuál es tu cuento-hit?

¿Qué experiencias intensas te hizo vivir? Contá, daaaaale…

 Y para terminar, les dejo el cuento… ¡que lo disfruten!