Un cuento en el fin del mundo

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Hace unos días viajé con Maíra, cuentera brasileña, al fin del mundo. Nos invitaron desde la Dirección de Bibliotecas de Tierra del Fuego a contar cuentos y dar talleres en el marco de la 5° muestra de Bibliotecas y Libros. Y nosotros, ni lerdos ni perezosos, volamos hasta allá bien abrigados, porque aunque es octubre, es también el fin del mundo. Disfrutamos de dos días muy intensos de encuentro, de juego, de emociones y de creación. Por eso es que quiero compartirles un cuento que surgió en un ejercicio, como prueba nomás, pero que terminó seduciéndome como idea. 

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En el taller de improvisación que di en Rio Grande, jugamos con el PILO (acá explico mejor qué es). Y los elementos fueron:

  • Personaje: chofer de trole,
  • Intención:“No la dejes ir, no la dejes ir…”,
  • Lugar: Ascensor en Patio Olmos
  • Objeto: Anillo.

De esa mezcla salió una historia, que dice así…

(aún no tiene título, si se te ocurre uno, comentá!)

Un cuento desde el sur

Cuando Beatriz vio a los hombres levantar el cajón e introducirlo en el nicho número 247, se declaró muerta para siempre. Tenía cuarenta y dos años, el pelo castaño, la risa fácil y el rímel corrido por las lágrimas. Esa mañana salió del cementerio abrazada a su hija, sin su marido, con el resto de la familia detrás y con un perro que se le había encariñado al entrar apenas en esa ciudad de durmientes para siempre.

En la semana de licencia que le dieron estuvo acompañada a cada minuto. Pero la rutina fue devorando los instantes, con el paso de los días todos volvieron a sus vidas y Beatriz se encontró sola. Despertaba en silencio, ponía la pava, se cebaba unos mates escuchando el noticiero. Salía de su casa, caminaba hasta el trabajo, subía al trolebús y manejaba a través de la ciudad una, dos, tres veces. Igual que siempre, pero más triste.

Había amado a su marido y aún le quedaba mucho amor desorientado. Le costaba volver a su casa, que aún olía a él en cada rincón. Por eso aquel jueves, al terminar el turno de trabajo, se quedó en el centro. Caminó por Rivadavia, atravesó la plaza y en vez de pasar frente a la Catedral se coló por el pasaje Santa Catalina, despacito. “Acá no es como en el cementerio” pensó Beatriz “Acá los muertos tienen voz”. Agarró por Obispo Trejo y subió hasta el boulevard San Juan mirando sus pasos, dobló a la derecha y se halló ante la fachada del Patio Olmos. “Pensar que pasé tantas veces por acá con el trole y nunca entré…”

Nunca es tarde para las primeras veces. Por eso atravesó las puertas de vidrio y el fragor inevitable de centro comercial la aturdió hasta el espanto, más que si estuviese lidiando con taxistas por la Colón en reparaciones. Buscando una vía de escape encontró las puertas del ascensor y estaba a punto de apretar el botón recordó que los ascensores le daban miedo, desde aquella vez cuando siendo adolescente quedó atrapada en uno, junto a dos personas más, durante hora y media. Pero algo raro pasaba con ella ese día y sin pensarlo más se plantó frente a las puertas y pulsó el botón. Las puertas se abrieron y Beatriz se encontró frente a frente con quien menos esperaba: ella misma. El espejo le devolvía una imagen opaca, ojerosa, despeinada y triste. Estaba a punto de dar la vuelta e irse cuando un griterío de niños acompañado de los retos de un hombre la empujó dentro.

Disculpas van, disculpas vienen, subieron apretados al segundo piso. Al hombre le sonó el celular y Beatriz supo que conocía la canción. Sí, era Chébere, “Septiembre” pensó. Le dio gracia que el hombre tuviera aquel clásico de ringtong, pero no dijo nada. Bajaron, ella, el hombre, el “disculpe, señora, hasta luego”, el griterío… pero la canción se quedó en la cabeza de Beatriz.

¡Cuántos años sin escucharla! A su marido nunca le gustó el cuarteto como a ella y bailar mucho menos. “¿Cuántos años hace que no voy a un baile?” se preguntó. Y de pronto, sin quererlo, en medio del patio de comidas, Beatriz se encontró analizando su matrimonio por primera vez. Mal no la había pasado, él había sido un hombre respetuoso, trabajador, inteligente para conversar. El sexo había sido bueno en los primeros años y después aprendieron a conformarse con poco. Habían disfrutado, a veces más, a veces menos de la cocina, de los perros, de criar a la única hija que tuvieron. Sin embargo Beatriz quería recordar cuándo fue la última vez que había salido a bailar y no podía. Busco en su memoria todas las noches de sus últimas solterías y las primeras salidas de casados, pero nada. La voz del Toro Quevedo le resonaba sin parar revolviéndole los recuerdos, el corazón le latía de impaciencia mientras veía a la gente atragantarse con hamburguesas chorreantes de mayonesa. Y se dio por vencida: no tenía idea de cuándo había bailado por última vez.

“Raquel, acompañame este sábado al baile” le dijo a su amiga, una vez afuera del Olmos. “¿Qué? ¿Vos estás loca Bea? ¿Qué te pasa? No hace un mes que se murió Alfredo, ubicate”. Insistió con su cuñada, con dos compañeras del trabajo, con el verdulero viudo del barrio, pero sólo recibió negativas. Hasta que Judith, su prima dijo que sí.

“¡Eeeeeesa prima! Vamo’ que nos enfiestamo’!”

Salieron el sábado y se fueron derechito al Estadio del Centro sin saber siquiera quién cantaba esa noche. Beatriz podía escuchar desde el taxi, sin abrir la puerta, el bombeo del tunga tunga como un terremoto que le batía en el pecho. Pidieron dos entradas y dos mujeres policía las toquetearon en la puerta aludiendo una revisión. Adentro era un estallido de luces, un hormiguero de cordobeses con fernet hacia lo alto y la música en la sangre. Beatriz tuvo que hacer un esfuerzo para recomponerse de aquel gigante nocturno que lastimaba los ojos y oídos, que rugía con un cuerpo de hombres y mujeres emborrachándose de vino y pasito con talón al suelo.

Aquello era muy diferente a lo que comenzaba a recordar de sus noches cuarteteras. Sin embargo, con el primer trago de fernet y la sonrisa de su prima delante y los cuerpos y más cuerpos girando al compás, Beatriz regresó a sus veinte años. De pronto sus caderas olvidaron el entumecimiento del trole y sus brazos se tomaron del volante impresionante que era esa rueda de cabezas cuarteteando hasta morir. En sus oídos retrocedía el tiempo y Alcides suplicaba “No la dejes ir, no la dejes ir…”, pero Beatriz se iba, se iba caminando hacia adelante para encontrarse con su pasado, con la música que le encendía el alma, con el sabor de la noche que había olvidado.

Y cuando supo quién era sintió un peso en su mano izquierda. Un peso dorado que ceñía su anular. Sin dejar de bailar miró su mano, le dedicó al él una última sonrisa y, declarándose viva para siempre, lanzó el anillo a la boca de aquel gigante nocturno y cuartetero que no paraba de rugir.