¡Que llega el lobo!

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¡Que llega el lobo! La idea que inspira

Quiero contarles en este post cómo fue el proceso creativo del último cuento que estamos contando. Y uso el plural porque cada día me convenzo más que contar cuentos no es una acción individual sino grupal. ¡Vamos con eso entonces… que viene el lobo!

 

Una casualidad no tan casual

Finales de agosto, Festival Internacional NaRRaPalabra, Rio Cuarto. En sala compartida por el grupo para desayunar, almorzar, contar anécdotas, encontré por casualidad el libro “Que llega el lobo” de Émile Jadoul. Justito antes de irnos a contar a una escuela. Como es un libro para primeras infancias tiene poquito texto, así que lo leí y salí corriendo. Pero camino a la función se activó en mí una idea y decidí ponerla en juego. Antes de contarles cuál, les invito a mirar el cuento original (si les dispara una idea, ¡atención! anoten que algo vive ahí).

¿Qué les pareció? ¿O no que está buenísimo? Además es una historia que lo tiene todo: personajes conocidos, acción, suspenso, sorpresa, música, humor, ilustraciones bellas y sobretodo, sencillez. Un libro que podría contarse para cualquier público, hasta para adultos si se juega con dobles sentidos, ironía o picardía. Y como les decía, apenas lo leí disparó una idea: ¿y si en vez de animales son personajes de cuentos tradicionales? 

El lobo fue, es y será EL personaje que lleva como atributo la posibilidad del miedo y el suspenso, pero también del peligro, la seducción, el misterio. Sin el lobo Caperucita Roja no sería nada, y lo mismo ocurriría con muchos de los cuentos tradicionales. Pero, a diferencia de brujas, magos y largos etcéteras, para mí el lobo es uno de los pocos personajes sin la maldad como atributo. Es lobo, tiene que alimentarse de carne, ¡obvio! Y es inteligente, engañero, es el malo porque forma parte de su fama serlo. Pero ¿realmente es malicia lo que lleva dentro? Yo creo que no.

Desde hace unos años han surgido versiones literarias donde el lobo es redimido, como por ejemplo en este libro de Jadoul. Y quizás este sentir fue el que me inspiró a generar una versión que mantiene la estructura y varía la trama. Pero no basta con inspirarse. Por eso, como dijo Picasso, “si llega la inspiración que me encuentre trabajando“.

Cómo una idea inspira un cuento

Me gusta pensar que las personas somos una mezcla de cinco ingredientes principales: Razón, Emoción, Intuición, Cultura y Naturaleza. Y en la mezcla de estos cinco andamos. Nos relacionamos con el mundo según cómo administremos la mezcla. A veces, mucho o poco de todas, una o ninguna. Y al contar cuentos la mezcla no sólo sigue ahí sino que se potencia. Pero se potencia en la medida que nos entreguemos a jugar y no sometamos todo a juicio. “Esa idea no le va a gustar a nadie”, “¿por qué nunca se me ocurre nada?”, “qué van a pensar si hago/digo ésto?“. Pensamientos como ésos bloquean el JUEGO (hay que sacarle la Z a la palabra JUZGAR) y no ayuda. Capaz me pongo muy “autoayuda”, pero es increíble cómo mucha gente que cuenta se olvida de jugar e intenta CONTROLAR TODO en la escena. Y controlar todo es imposible, porque el público va creando a la par de uno/a.

Taller, cuentería, cuentos, viaje, improvisación, objetivo

¿Qué pasó con el cuento entonces?

Cuando leí el libro, la primera imagen que activó la idea de versión fue la aparición del cerdito. Apenas lo vi pensé en los tres chanchitos corriendo, no a la casa del ciervo sino a la de la abuela. Entonces, ¿por qué no cambiar al conejo por Caperucita y al oso por los siete cabritos?

Ahí fue que apareció la película completa en mi cabeza. Primero Caperucita corriendo por el bosque, saliendo de la espesura, tomando una curva (miren en las pelis de acción, las persecusiones o carreras sin curvas no existen) y dirigiéndose eufórica hasta la casa de la abuela. Tan eufórica apareció en mi mente que cuando la abuela abre la puerta, la niña la hace a un lado de un empujón y entra.

Creo que ahí está el quid de la cuestión: hay que lograr VER la película en la cabeza. Muchos dicen que eso es un talento, que es un tipo de inteligencia y etc. Ok, pero también es una capacidad que se entrena. A mí me sirve muchísimo mirar películas de animación: la exageración del movimiento, la polarización de los personajes, el ritmo de la acción y sus contrastes, etc. Hoy por hoy, películas como Kung Fu Panda, Megamente, Fantástico Mr Fox, Walace y Gromit, tooooooooooooodas las del Studio Ghibli.  Y bueno, mirar mucho cine en general ayuda mucho.

¡Abrí los ojos!

Otra estrategia que ayuda es la OBSERVACIÓN. Las personas que contaron historias antiaguamente ya lo hacían antes que se inventara la escritura. ¿De dónde sacaban los cuentos entonces? ¿¿¿DE DÓNDE??? Capaz  que de la vida misma nomás… veían algo interesante, algo anormal a la rutina, algo disparatado, algo cruento o emotivo e iban y lo contaban. O sacaban una historia de algo que alguien contaba, una anécdota, un chiste, una alegría, una tristeza, un sueño.

¡En la vida misma hay muchísimo material esperándonos! No siempre el suficiente como para elaborar un cuento, pero sí para caracterizar un personaje, para enfatizar una situación, para construir un escenario, para crear un clima.

Si tenés la idea, ¡probala!

Listo, tenés la estructura del cuento, las imágenes claras. Tenés una idea de los climas que querés generar, algún gag, una canción o un sonido que creés que puede funcionar. Tenés las ganas (porque cuando el cuento quema dentro, hay que sacarlo) y tenés un espacio donde contarlo. ¿Qué esperás? Por más que lo repitas mil veces frente al espejo o escribas la letra y te la aprendas de memoria, lo que te dará información real y viva es contarlo con el público. Entregate al juego. Improvisá. Dejá que la mezcla que vive en vos haga de las suyas y tratá de no reprimir ninguna. Tené presente que no podés controlar todo lo que pasa. Tené en cuenta que la gente va a crear con vos y eso puede modificar la historia.

Yo conté el cuento que me apareció en la cabeza en la primera contada que tuve disponible. Y fue cuarenta minutos después de leer el libro. Y funcionó, no por talento mío, sino porque me entregué al juego. Porque me concentré estrictamente en qué quería contar. Porque no juzgué la idea antes de probarla con el público. Porque me interesa que la gente vea también la película, con la misma nitidez con que yo la veo. A veces recibo muchos halagos por mi voz, mi manera de contar, mi capacidad física, etc., como si hubiese nacido así o fuera una condición natural que funciona sola. Y no es así. Es trabajo y práctica, todos los días. Voy por la calle practicando sonidos, intentando copiar lo que escucho: me grabo, los repito, escucho, vuelvo a probar. Pido que me filmen o graben el audio y después me siento a ver qué reacciones tuvo la gente, cómo usé la voz, qué movimientos hice, etc. Y dialogo con otras personas que cuentan pero trato de no pedir devoluciones. Más bien intento hablar sobre lo que sucedió con tal o cual cuento desde preguntas que me surgen, invitar a que pensemos juntos sobre problemáticas del cuento y el contar. Y escucho, sobretodo a quienes llevan muchos años haciendo esto.

Es estar con la razón, la emoción y la intuición activas en relación con la cultura y la naturaleza. Es tratar de ser cada día más yo mismo. También me encuentro con personas que me dicen: “ay, si yo tuviera tu voz, si fuera más joven, si… si…” ¿de qué les sirve pensar así? Creo que de nada. Para contar cuentos hay que tratar de ser la mejor versión de uno mismo, de una misma. Esa sinceridad es la que ayuda a encontrar una manera propia, auténtica, con sus luces y sombras, sus aciertos y errores. Qué se yo. Hoy pienso ésto. Y me ayuda a disfrutar cada vez más de las contadas.

¡Pero basta de tanto rollo! Acá está el cuento, en mi versión, tal como se me ocurrió inspirado en la lectura. ¡Que lo disfruten!

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